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El racó de l'escriptor
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Becky y el Bacalao Indiscreto

Al amor y a la cocina hay que dedicarle algún tiempo, o los resultados son catastróficos para corazón y estómago. Pero dedicarle demasiado tiempo es un problema, sobre todo cuando se lleva una doble vida. Es como hacer choucroute y pies de cerdo a la vez. Bueno, los maestros de la cuisine française seguro que son capaces de eso y más, pero yo, lo que soy yo, no me siento capaz ni me he sentido capaz en mi vida…
Todo ocurrió hace ya 4 años. Por aquel entonces, acababa de vivir mi décimo aniversario de boda con mi mujer, que conocí en la universidad, cuando yo era profesor y ella una atractiva y jovencita alumna de 18 años (le saco 5, para más señas.) Acabábamos de mudarnos a una vivienda en una zona residencial de una de las áreas más adineradas de Birmingham, porque la casa se nos había quedado pequeña con nuestros dos niños, y nuestra vida profesional era más que satisfactoria. Fue entonces cuando apareció ella…
Fue a finales del verano, cuando menos se esperan cosas así. La mitad del personal de Hors D’Oeuvre Ltd. estaba de vacaciones y yo, de forma bastante aletargada, cumplía con mi horario laboral sin dejarme demasiado la piel, con los extraños calores del estío que no quería morir, espoleado por el cambio climático. Me iba a dormir tarde cada noche, después de ver una película que me bajaba en el trabajo de Internet, y llamar a mi mujer y a mis hijos, que aún se quedaban una semana más de vacaciones en la Costa del Sol. Pasaban las horas, los días, las semanas, y esos días pensaba mucho sobre mi pasado, mi presente, y mi inequívoco aciago futuro, con mi habitual pesimismo. Me preguntaba cada noche, con copa de whisky en mano, si en mi vida sobrevendría ya alguna motivación extra, aparte de ser eternamente promocionado en mi empresa por mis artículos y críticas de restaurantes, mis éxitos en networking y demás; y de lo orgulloso que me harían mis hijos por sus logros futuros… Se trataba de mí, básicamente, y poco más.
El 3 de septiembre mi secretaria, Claire, me pasó una llamada. Se trataba de unos estudiantes de una prestigiosa academia privada de cocina de la ciudad que querían entrevistarme para tener datos exactos de los diferentes restaurantes gourmet del país. Bueno, algo nuevo”, imaginé, y quedé con ellos al día siguiente, para comer, precisamente en The Raj, un local regentado por un amigo mío que se había hecho famoso y dónde había que hacer cola días y días para poder comer o cenar. En mi caso, como éramos buenos amigos de adolescencia, sólo tenía que aparecer para que, mágicamente, hiciera un hueco en el local.
A veces las cosas pasan porque tienen que pasar. La noche anterior de encontrarme con los estudiantes, sucedió algo que turbó mi corazón profundamente. Estuve toda la tarde llamando a mi mujer, pero no cogía el teléfono. Yo había hecho media jornada, era viernes, y estaba en casa chateando en Facebook con algunos amigos y conocidos. En el hotel donde se alojaba, no sabían dónde estaba, y no cogía el móvil. Pensé que se le habría acabado la batería, y estaría en casa de alguna amiga española, con todos los críos…
A medianoche, no había llamado, y estaba realmente preocupado. Hacía un par de meses que había vuelto a fumar, y estaba ya en mi cuarto cigarrillo de la tarde. Por fin, después de no sé cuántos mensajes enviados y llamadas perdidas, sonó el teléfono y habló Samantha. Aunque ponía todo su empeño por ocultarlo, había estado bebiendo, y mucho. Cuando convives con alguien durante muchos años, las mentiras salen a flote como los casos de corrupción en tiempo de crisis. Y me contó algo que no me gustó para nada. Estaba eufórica. Se había encontrado con un viejo amigo de instituto y su concubina, que no mujer, y había estado toda la tarde con ellos en su chalé. Por lo que yo sabía, no tenían hijos ni nada que se asemejara a ello, así que supuse que Sam había dejado a Michael y Linda jugando con los vecinos en la playa.
No me importaba, no soy nada machista, que pasara la tarde sola con amigos, y dejara a los niños con otras personas, siempre de confianza, pero no me gustaba en absoluto que se quedara con ese tipo. No era trigo limpio… Además, había sido su primer amor en el colegio, y él ha había dejado. Eso siempre deja huella en una mujer. Luego está el verano, España, la pasión… Mi cabeza empezó a malfuncionar, paranoia tras paranoia. Entonces decidí llamar a mi vecino Juan, el venezolano, y las cosas se torcieron aún más. Empezamos a fumar marihuana, y me sentí peor que nunca. Fue una noche horrible. Veía a Sam follando con su exnovio, fornicando como una loba, chillando como una posesa, en fin… Cosas que un hombre se imagina de su pareja en las peores situaciones… que suelen ser ciertas, si tienen lugar, por otra parte. La Ley de Murphy. Suerte que, si estás con vida, siempre hay un día siguiente, un mañana. A veces es lúgubre, pero es un día nuevo, al menos…
En este caso, no iba a ser nada lúgubre. Había bebido y fumado mucha hierba la noche anterior, y llegué tarde a mi cita. Cuando entré en el restaurante, aún iba groggy. Me dirigí a la mesa donde mi amigo me ubicaba normalmente, pero no había nadie. “Qué raro”, pensé. “!Si le dije a la chica que me llamó que se sentaran en esa mesa si llegaban antes! Quizás se habrán perdido.” Justo mascullar eso y noté una mano sobre mi hombro derecho. Me di la vuelta y las vi. Bueno, a una la vi, y a la otra la consumí con la mirada. La chica que estacionó su deliciosa y grácil mano en mi hombro me sacó de mis casillas. Tengo que confesar que me gustan jovencitas, pero de entre cada cien, encuentras dos del pack ‘sexy con cerebro’, que son las que me sacan el demonio de dentro. Violet supuso el advenimiento de mi Satanás, Lucifer, Ariel, Gabriel y los Necromongers del submundo de Riddick…
Cuando alguien me gusta tanto, tanto, tanto, me es difícil ser sincero y honesto. Así que, como siempre, tuve que tirar de la bebida, y deprisa, para no perder el norte en ese tramo tan importante, el del principio principio, en el cual se traza todo el futuro de una relación personal, para siempre jamás. Deglutí una cerveza en el lavabo del restaurante, tan rápido como pude, y perdí el miedo, casi adolescente, de una tacada. Luego vino la primera copa de vino. El contenido de la charla era lo mismo. Les llevaba tantos años de ventaja que me bastó un veinte por ciento de mis ya trilladas neuronas para liderar la conversación y, mientras, preparar una táctica de conquista… bueno, mi subconsciente, mientras otra parte de mí, ridículamente diminuta, se flagelaba ya por la culpa… Crecería con el tiempo, bamboleando irregularmente, pero no estropeemos la historia…
Violet y su amiga (qué cojones importa cómo se llamaba la otra), me enseñaron los guiones de su ensayo y las ayudé en un periquete para que no tuvieran problemas para terminarlo. Pero lo mejor de esa conversación, técnicamente, fueron los comentarios de Violet sobre los suculentos platos que nos iban sirviendo. No me parecía real que ella, a sus 23 años, dominara tanto la terminología gastronómica. Su forma de paladear y describir las sensaciones que le causó un Mourvèdre de Castillo Perelada me transportó al planeta de las orgías perpetuas por un instante, o durante todos los segundos que transcurrieron hasta que concilié el sueño…
Sea como fuere, mi instinto de cazador furtivo fue lo suficientemente potente como para urdir el gran plan. Estuve muy atento a qué parte del trabajo correspondía a cada una de las chicas y, sobre todo, a qué le hacía falta a Violet para completar su trabajo. Al final de la charla, “voilà”, me acordé de la inauguración de una galería de arte de un colega mío, François, en París, que se celebraba precisamente ese fin de semana… El tema: Enología y Resistencia Francesa durante la Segunda Guerra Mundial. A Violet le encantaba esa época, había comentado que su tío abuelo tuvo que escapar de las fauces de las SS, así que le propuse visitar la exposición. Sabía que vendría. Sus ojos verdes, su toque en el hombro, ya me lo habían dicho todo. La presa estaba ya conmocionada conmigo desde que me sintió, me percibió. O yo era la presa… Le dije que tenía dos invitaciones gratis (mentira, me rascaría el bolsillo…) Ella respondió que tenía que consultarlo con su madre y que me llamaría.
No pude dormir. Estaba tan excitado que tuve que masturbarme varias veces. Sam llamó esa noche, y confirmó mis miedos o sospechas de la madrugada anterior. Ahora dudo entre si me engañé a mí mismo respecto a su voluntad adúltera esa noche, si me lo inventé todo, o si realmente yo creía que ella tenía intenciones con su exnovio de adolescencia. Probablemente lo primero, ya que mis ansias de pasión superaban con creces a mis miedos, que estaban ya encerrados bajo llave y atados con las cadenas de la líbido. De cualquier manera, no dediqué demasiados minutos a pensar en ello. Mis fantasías y aventuras del futuro próximo con la tal Violet abrumaban y embriagaban mi mente, mis sentidos…
Al alba siguiente, una vez duchado, aseado y desayunando, sonó el móvil. Era Violet. Estaba tan nervioso que no sé qué le dije, pero ella me comentó que no tenía que ayudar a su madre durante el fin de semana y que podría escaparse. Noté que estaba tremendamente contenta y excitada. Le comenté que tenía que pasar por mi despacho a por los billetes de avión y que la llamaría para quedar en el aeropuerto. Raudo y veloz, crucé los dedos para que quedaran asientos disponibles (de hecho, antes de conocerla, tenía previsto ir en coche a Francia, pero pensé que iba a ser mucho más romántico y sencillo tomar el avión juntos), dejé de estar inquieto para pasar a estar tranquilo (y en unos días, muy enojado, me conozco) al comprar billetes de primera clase, e hice la maleta, después de hacer algunas llamadas para reservar plaza en el habitual hotel de París donde me hospedo siempre, y otras gestiones.
Cuando lo tuve todo listo, llamé a un taxi. Empezaba mi aventura. No estaba muy seguro de lo que estaba haciendo, la verdad, pero callé la voz de mi conciencia de nuevo con un buen trago de whisky escocés y cogí el ascensor sin más. Me dije a mí mismo que quizás sería la última oportunidad de mi efímera existencia de vivir algo así (la excusa de siempre, vamos, para cometer tales fechorías, aunque hacía ya mucho tiempo de la anterior) y, deseoso de contarle mi vida a alguien para que me diera ánimos para pecar, para intentar pecar vamos, encontré al taxista perfecto para ello, un indio llamado Gass, que me contó que ya hacía varios años que practicaba un trío con su mujer, una rusa a quien no importaba que sus amigas o conocidas, o desconocidas, compartieran cama con su hombre. Me dijo que si no había “probado las rusas”, lo hiciera, porque a partir de entonces ya no querría estar con una mujer que no fuera de esa nacionalidad. Memeces aparte (yo no era tan primitivo, ni mucho menos, o como mínimo no me consideraba a mí mismo así en aquel momento), la historia me hizo gracia y la utilicé parcialmente como excusa: una aventura es una aventura. Ahora sí, la mía es romántica y diferente, Though It’s Not Love, It Means Something, pensé, tarareando una balada tecno de Depeche Mode que me encanta.
Parte de mí no quería lanzar las campanas al vuelo, y es que odiaba dar por muerto al oso antes de cazarlo. No quería saber el final de la película. Además, aún no sabía ni el principio. Me calmé pensando que era habitual tener pensamientos del estilo antes de una cita similar, y que éstos desaparecerían una vez me encontrara con ella. Y así fue, vaya si lo fue…
Fue todo diferente a lo que jamás había experimentado anteriormente. Mejor, peor, no: diferente. Al llegar a Gatwick, y una vez en la cola del embarque, la vi. Iba con un vestido de color turquesa, dejando ver sus esbeltas y sedosas piernas; ni muy largas, ni muy cortas; para mí, perfectas. Llevaba un foulard en el cuello y ejecutaba una sensual y provocativa media sonrisa que volvió a hacer borbotear a Satán en mi interior. Tuve que volver a echar un trago de mi petaca. Le di un beso en la mejilla y me ausenté un segundo, dejándole mi maleta, con el pretexto de comprar cigarrillos, para soplarme un cuarto de litro de whisky en el retrete. Yo, y los retretes… Toda una historia de confrontaciones y encuentros me versus me… Desde el origen de mis días de autoconciencia hasta la fecha. Memorables momentos filosóficos…
Violet, a diferencia de un servidor, sabía muy bien, como todas las damas, lo que hacía, a dónde quería llegar, y no tenía ningún prejuicio. Si estaba allí, era por algo, aunque yo, parangón de la duda escéptica, sin whisky y presa de mis pensamientos, no estaba seguro. Con whisky y dejándome llevar por mis instintos, sí lo sentía. En el embarque, y en la sala de espera, no la dejé hablar. Fueron, sin duda, mis nervios. Le detallé todo lo que sabía de la exposición, y continué explicándole toda la vida (y milagros) de François. Después, ella me contó su historia familiar y que yo le recordaba a un profesor de la universidad de primer curso, de quién se enamoró… ¡Vaya!
El avión aterrizó suavemente en la pista del Charles de Gaulle y nos encontramos con François, quien nos acercó al hotel. Yo había reservado dos habitaciones, porque no estaba convencido de nada, pero me aseguré el tiro y cualquier reacción negativa por parte de Violet diciendo que las habitaciones ya me las habían asignado de antemano, a mí y a un compañero de trabajo. François nos dejó en la puerta del hotel, nos registramos, y subimos al tercer piso con el botones. Ella ni siquiera prestó atención al hecho de que hubieran dos habitaciones, supongo que lo consideró normal, y quedamos para cenar esa noche. Entonces supe que la cena sería mi gran oportunidad de conquistarla y llevármela a la cama.
Sin embargo, cuando me estaba duchando, sonó el teléfono de mi habitación. Era Violet. Me dijo que no le apetecía cenar en el hotel y que tenía una sorpresa reservada para mí, que quería agradecerme todo lo que había hecho por ella. Esa exposición y el viaje en general eran algo increíble para la joven, y tenía la intención de compensarme. “Bien”, pensé, “a ver qué se le ofrece.” Me dijo que me quedara en mi cuarto, que me pusiera cómodo, y que ella picaría a la puerta en una hora y media. Me dejó totalmente en ascuas… “¿Qué narices estará tramando?” Estaba tan estimulado como sorprendido…
Mientras llegaba Violet, llamé a Sam, sin éxito. No cogía el teléfono, aunque tengo que reconocer que sólo llamé una vez, y luego me lo quité de la cabeza. Total, era mi fin de semana de descanso, y luego ya me tocaría aguantar la rutina durante meses y meses, durante años y años, hasta descansar en el hoyo. Yo estaba en París para vivir, para sentir, para disfrutar. Así, ensimismado en mis pensamientos, estuve, hasta que el timbre me llenó de escalofríos. Sí, era mi pequeña y explosiva estudiante…
Cuando la vi en el dosel, mis ojos no daban crédito a su apariencia. Iba disfrazada de camarera del hotel, y llevaba una bandeja en una mano, y una botella de Taittinger Brut Millesime en la otra. La muy osada tenía, precisamente, un amigo ayudante de cocina en el hotel, con quién se había puesto en contacto nada más saber que íbamos a hospedarnos allí, y había bajado con él a prepararme su plato especial, un plato que le había enseñado su abuela y había cocinado con particular esmero para hacerme feliz, como me dijo literalmente. Bacalao con tomate… Olía apetitosamente bien. La noche pintaba increíble y me sentía niño, joven, vasto en miras de futuro otra vez...
Serví la mesa del comedor de nuestra grandiosa estancia y encendí un par de velas, justo después de haber conectado el hilo musical que hacía rezumar por toda la estancia el Strangers in the Night del mito Sinatra. “Está todo claro.”- pensé. “Se quiere liar conmigo.” No podía ser otra cosa. En mi habitación, habiendo viajado sola conmigo… No había pérdida. Mientras las candelas empezaban a consumirse, ella preparaba unos vermuts especiales que había aprendido a hacer en la escuela. Y se sentó conmigo. Estaba radiante. Sus mejillas rojizas por el calor que aún impregnaba el aire de París al final del verano. Sus pantorrillas suaves incitándome al delirio. Sus ojos brillando como los diamantes más recónditos de las cuevas del centro de la tierra ideado por Julio Verne. Sus vocablos desprendiéndose de su boca como los saltos de agua del Ganges con poco caudal.
Violet me empezó a explicar de qué iba su tesis, pero yo no prestaba ninguna atención. Sólo disfrutaba viéndola y vislumbrando una noche de amor y pasión que duraría hasta el fin de los tiempos y el juicio final… Entonces, empecé a sentir algo extraño. Estaba mareado, muy mareado. Lo primero que pensé es que había bebido demasiado, pero no más que de costumbre. Luego creí que me sentía mal por la tensión, fumar no me hacía ningún bien en este sentido. Entonces me excusé diciendo que tenía que ir al baño y, nada más levantarme, me desplomé, perdiendo el conocimiento.
Cuando lo recobré, estaba desnudo y atado con una áspera cuerda al cabezal de la cama de mi habitación, que a su vez, estaba en la penumbra, sólo levemente iluminada por la lejana luz de las casi consumidas velas de la mesa del comedor. Iba recobrando la consciencia plena poco a poco y, pasados diez minutos, medio abrumado aún por la resaca de no sé qué, me di cuenta de que llevaba un extraño taparrabos rosa y que me habían pintado las uñas de los pies de negro. Eso me dejó helado y, sinceramente, acojonado. Percibí un aborrecible -lo odiaba- olor de especias e incienso en el ambiente, y me di cuenta de que seguía sonando la misma canción de Sinatra. Entonces apareció Violet. Llevaba un antifaz de color verde hospital y estaba desnuda, igual que yo. Comprendí que era una depravada, una sadomasoquista, y que había topado con algo que no me esperaba. Me cagué en Dios, me cagué en mi puta madre, y me cagué en mí mismo por haber pretendido ser infiel…Tarde, tarde, tarde.
Violet embutió su foulard de forma brutal en mi boca, cogió el bacalao, que había recalentado y cuya salsa de tomate burbujeaba, y me la esparció en el torso, haciéndome chillar ahogadamente. Me consumía en el dolor. Entonces profirió: “¿No has visto Hard Candy, verdad? ¿Sabes lo que les pasa a los viejos verdes que seducen a jovencitas y son infieles a sus esposas? Querías sexo, ¡pues sexo tendrás! Lisbeth Salander es una niñata a mi lado, amigo mío.” Me estremecí de terror. Creí que estaba no ya en el fin de los tiempos, después del oasis de placer que habría podido pasar, sino en el principio del eterno retorno de Heráclito, versión horror. Satanás de nuevo, pero en su peor faceta. No la de película porno de los canales de cable del fin de semana, sino la versión gore de ‘Asesinato en 8 mm’… Un drama.
Volví a perder el conocimiento. Cuando desperté, ella dormía plácidamente a mi lado. Yo ya no estaba atado y pude incorporarme. Pensé que lo había soñado, que la pesadilla había terminado, pero las quemaduras en mi rostro y la boca macilenta me indicaron que todo había sido muy, muy real. Pensé en llamar a la policía, pero… no lo hice. ¡Estaba cachondo! Le di un beso a Violet y se despertó. “Vas a follar por primera vez en tu vida”, dijo. Y eso hicimos. Me costó un mes recuperarme, un montón de dinero gastado en microcirugía de un buen médico colega mío que conocía por mis artículos en las afueras, pero en realidad se trató de los mejores momentos de mi vida. No volví a ver a Violet pero me cambió para siempre…
Sam no había tenido ninguna aventura con su ex. Había sido aburrida, aburridísima, como siempre, y continuó siéndolo después, claro está. Nuestra vida en común siguió su curso tedioso… Aunque Violet había descubierto mi lado oscuro.
Fin, ¿no? No.
Un año después de los hechos de París, justo 365 días tras la noche en cuestión, recibí un DVD dentro de una carta que alguien me mandó al apartado de correos que nuestra revista corporativa tiene para consultas de los lectores. No había remite. Sólo una foto de Violet desnuda haciéndome ‘up your ass’ con el dedo y una frase sentenciosa: “dudé mucho, pero mereces saber la verdad, degenerado cabrón”. En el disco, venía la grabación de lo que pasó mientras yo estuve inconsciente. Becky -así se llamaba realmente Violet- sacaba su netbook, se enchufaba a Internet y conectaba en vídeoconferencia con Sam, que me vería desnudo en la cama, a mi amante fingiendo hacerme una fellatio y la salsa de pescado grabando mi pecho… contemplando lo que Becky quería que viera.
Mi fiel esposa sería salvajemente penetrada esa noche por su descerebrado exnovio, alcanzando el orgasmo y la satisfacción plena, algo que ella nunca habría imaginado. Yo también sería feliz, hasta un año después, cuando me consumiría la cólera de los celos.
Pero ya pasó con los años. El tiempo lo mata todo. Y Jamás Sam y yo hemos comentado el tema hasta ahora… Por la cuenta que nos trae.
Toni Rabascall

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